Estudios de género y feminismos africanos.

Esta entrada la dedico a colgar un escrito sobre Género y Desarrollo en África. Es un poco largo así que lo he partido en dos. La reflexión parte de un artículo sobre el tema firmado por las antropologas Soledad Vieitez y Mercedes Jabardo, incluido en el libro “África en el horizonte”, coordinado por Antonio Santamaria i Enara Echart. Esta primera parte se centra más en el progreso de los estudios de género en relación con las sociedades africanas negras y sus “feminismos”. La segunda parte es sobre la Diáspora negra y los feminismos que surgen de ese fenómeno cultural más amplio y diverso.

En breves intentaré tener listo la entrada sobre la situación socio-política actual en Catalunya. Ya ha empezado la campaña electoral, y algunas líneas dedicadas a la reflexión más pausada y menos mediatizada, seguro que irán bien.

Como bien dicen Enara Echart y Antonio Santamaría en la introducción de África en el horizonte […], todas y todos tenemos inevitablemente un cierto conocimiento de base respecto a diversos ámbitos. Este conocimiento, no es adquirido a voluntad, sino tras un proceso de acumulación y formación natural, llevado a cabo a lo largo de nuestra vida y muy en relación con el contexto social y los valores imperantes en la sociedad en la que hemos crecido. Este sustrato cultural “occidental”, en lo referente al continente africano, suele ser bastante contraproducente para aquellos que queremos acercarnos a él y para la sociedad en general. Pues a menudo se traduce en una serie de estereotipos y prejuicios, que inevitablemente recibimos como herencia de nuestra tradición cultural, civilizadora, androcéntrica e ignorante respecto al “otro”.

Para combatir esta falta de empatía, no queda otra que intentar tirar abajo esos muros y luego tratar de construir des de ópticas distintas. Es decir, acercarse al estudio del “otro”, intentando romper con esas ideas previamente concebidas, y en consecuencia estar dispuestos a replantear y exponer con firme voluntad, algunos principios o ideas fundamentales que deben servir de base e impulso para poder realizar nuevas miradas y mejores interacciones, a la vez que se trabaja por dar una imagen menos pesimista y estática, y más auténtica de África.

El artículo que aquí tratamos, en sí es muy interesante como veremos va totalmente en la dirección de lo que ahora decíamos, pero leído en el contexto de la obra que lo recoge, gana aun mucho más. Este breviario –tal como lo llaman sus coordinadores- es un compendio de artículos de distintos autores que desde diferentes disciplinas intentan dar al lector algunas claves para acercarse a África de una manera más adecuada. Así pues, es mucho más fácil entrar a reflexionar sobre conceptos como género o desarrollo en África, si antes por ejemplo, nos han mostrado las directrices básicas de la historia africana o su entorno y estructura social.

Las autoras del texto son las antropólogas Soledad Vieitez y Mercedes Jabar, de la Universidad de Granada y la Universidad Miguel Hernández de Elche, respectivamente. Aunque se trata de un trabajo conjunto, Soledad se encarga del capítulo dedicado a las Revoluciones de género, desarrollo y feminismos africanos, mientras que Mercedes firma el otro: Diáspora, Estudios Culturales y feminismos negros.

Siguiendo en la línea de lo que decíamos y ya concretando un poco más en el texto y su contenido, podemos decir que ese desconocimiento (o mal conocimiento) que se tiene des del contexto español de África, viene dado en parte por la falta de dedicación al estudio de las realidades africanas, des de los ámbitos universitarios. Más aunque fue y es una rama minoritaria y poco escuchada, cada vez eso está cambiando y poco a poco se puede ir notando su buena influencia en la sociedad.

Hace poco más de un año, hice un curso sobre “Las mujeres en el mundo musulmán”. Dejando de lado el contenido de este, lo hice porque me pareció una manera de acercarme a las construcciones de género en otro contexto diferente al mío. Quería también comprobar como el feminismo occidental cojeaba de la misma pata que el resto de expresiones occidentales. Las mujeres, como los hombres, defendían un universalismo de sus principios y sus luchas, muy poco adecuado para analizar realidades distintas a las nuestras. Eran impositivas e intolerantes con las construcciones de género diferentes a la suya, y se consideraban -aunque en lucha-, rodeadas de la mejor tesitura posible para vivir en libertad. La única manera de ser “mujer” era vivir a la occidental.

No quiero que se me mal interprete. Siempre me ha interesado fijarme en las desigualdades (afecten estas a hombres o mujeres), haciendo una lectura social de la historia, y siendo sensible a aquellos sectores menos favorecidos y marginados. Pero por otro lado, no me gusta cuando un movimiento busca ser universal, por mucho que parta de la buena voluntad, pues el mundo es diverso y nosotros como occidentales muchas veces, aunque lo sepamos y juguemos con conceptos como el de multiculturalidad, realmente no estamos predispuestos para la diversidad real, y no como falacia. Movimientos tan interesantes como el feminista, el marxista, el democrático o incluso el de los derechos humanos, se empeñaron y se empeñan en ser globales. Como en su momento, el cristianismo, la industrialización, el modelo estado-nación liberal, etc. también fueron exportados a la fuerza.

Evidentemente comparto muchas de las demandas y luchas del feminismo en mi sociedad, sobre todo a un nivel más local, pero esta lucha -aunque si se puede complementar con otras- no se puede aplicar a otros contextos porque parte de un análisis del género construido des de un marco muy particular (por mucho que se piense que es global): el de la familia nuclear (Oyewumi, 2002). Y de una concepción de la categoría “mujer” en la que se da por asumida la subordinación de éstas respecto al hombre, cuando –como ya se ha dicho- no siempre es así.

El feminismo en occidente, es algo muy reciente, si lo miramos con un poco de perspectiva histórica. Se trata de un movimiento que se consolida durante el siglo XX, con dos “olas feministas” importantes. Una más a principios de siglo y la otra (la que nos interesa) a partir de la segunda mitad, en adelante. Es en esta segunda oleada, es cundo se crea el marco teórico idóneo para empezar a hablar de “género”, como construcción socio-cultural entorno a la diferencia sexual. Es decir, todo aquello que se atribuye mediante un proceso de acumulación cultural a mujeres o a hombres, y que no tiene porque venir determinado biológicamente.

Oyeronke Oyewumi, socióloga i académica nigeriana.

Es pues, des del marxismo estructural y la economía política de los años setenta, que empiezan a surgir las primeras propuestas para acercarse al estudio de los distintos roles de género. Los estudios en el campo de la antropología, centrados en el África negra, se vuelven cruciales a la hora de re-conceptualizar los roles y relaciones de género, ya que más al sur del Sahara, los estudiosos e investigadores, se encontraban con una fuente inagotable de nuevas formas de entender el género.

Claude Meillasoux (1981), fue uno de los primeros en tratar temas de género en África, des de la antropología de corte marxista, imperante en la época. Su estudio, acabaría resaltando la subordinación de las mujeres africanas, dada su carga de trabajo y el poco poder que tenían en relación a los hombres. Su estudio se fijaba sobretodo en sociedades sedentarias y agrícolas, y estaba marcado del todo por las circunstancias. Había aun mucho por recorrer.

La Economía Política también de los años setenta, más a caballo entre Europa (Inglaterra) y Estados Unidos, dio una dimensión más histórica al estudio de las poblaciones africanas, incorporando elementos culturales para el mejor entendimiento de las diversas identidades (género, clase, raza, etnia). A demás resultaba básico estudiar las condiciones impuestas por la trata o las estructuras políticas de época colonial e incluso las que se implantan durante las independencias, para dar explicación a la marginación de la mujer, inherente a estos modelos ahora mencionados.

En la línea de lo que veníamos diciendo, es muy interesante y necesario como bien resalta Soledad, fijarse bien en el momento de las independencias y las opciones que se plantean en ese nuevo marco político. Además para las mujeres africanas, como también para el resto de africanos, ese es un punto de inflexión, donde se puede dejar atrás todo un largo paréntesis en parte de parálisis e incluso de retroceso. Esas transformaciones, en cuanto a los nuevos estados africanos, resultan muy reveladoras e interesantes para ayudar a determinar en qué espacios y que acciones tiran adelante las mujeres.  En este sentido, será importante fijarse en qué tipo de estado surge de esas independencias, ya que este aspecto informa en parte de las relaciones de poder en una determinada zona, y las diferencias de clase, raza, etnia o género; además de desvelar las políticas descolonizadoras desarrolladas en ese país.

Ester Boserup (1970), es de las pioneras en el estudio de las mujeres africanas. Y al contrario que Meillasoux, su conclusión es totalmente distinta, además de significar un punto de partida para investigaciones posteriores. Primero, lo que ya decíamos antes: el colonialismo, como la trata, perjudican la posición de la mujer africana (y de África en general, añadiría yo). Y segundo, las mujeres africanas, son centrales en las economías, las sociedades y las culturas africanas. La propuesta de Boserup, cuestionaba con gran delicadeza la presunción de que las mujeres africanas se beneficien automáticamente con la modernización. Pues una de las limitaciones más claras en los estudios de género y de las mujeres africanas, es la creencia de que las sociedades africanas eran y son iguales a las occidentales. Ni lo son, ni deberían serlo.

De igual manera, pero aquí con más intereses de por medio y sin nada que evitara el error, durante el proceso de descolonización se quisieron implantar modelos occidentales, centralizados y burocratizados y en función de los intereses políticos, sociales y económicos de occidente.

Estos nuevos estados que abrazan la opción “moderna” y rechazan lo cultural y tradicional, también incluían jugosos proyectos para la emancipación de la mujer africana, al estilo occidental, es decir, incluyéndola en el mercado laboral, liberándola de las pesadas cargas, domésticas y ligadas a la maternidad. Eso provocó un mal entendimiento, des del principio, entre los movimientos de mujeres africanas y los nuevos “nacionalismos”, ya que estos, como se ha visto, buscaban romper con los pactos consuetudinarios.

En los estados socialistas, surgidos de las independencias, se fomentó más el activismo político y las resistencias feministas, de una manera más coherente. Podemos hablar entonces de nacionalismos en claves de mujeres, los cuales plantaron cara al colonialismo saliente, a la vez que proponían más participación política.

Con el fin de la Guerra Fría van cayendo los sistemas de partido único, y llegan los planes de ajuste económico y social, lo que de una forma u otra haría reavivar el activismo femenino en África. Durante la década de los noventa, las mujeres aspiran a candidaturas políticas de importancia (Liberia, Kenia), a la vez que fomentan la creación de ministerios de asuntos sociales y mujeres, con la intención de organizar, garantizar y fomentar la equidad de género en la palestra política. Esta dinámica aunque pueda llevar a confusión, porque se piensa que es una tendencia importada por el feminismo occidental, hay que pensar que en todo caso es más al revés. Tal y como decía Fatou Sarr en la conferencia que dio en las jornadas de Género y Desarrollo de la UdLL, las mujeres africanas ya hace mucho que ocupan espacios de poder en la vida africana, y que como ya dijimos por aquí, no se trata de un derecho recién adquirido, sino más bien de una dinámica típica africana, que después de un paréntesis doloroso, sale otra vez a la superficie. Cabe hacer la aclaración, antes que pensemos que esa característica africana, es un logro del feminismo occidental. Como dice Oyeronke Oyewumi, tras cinco siglos de modernidad en el mundo occidental, solo en el último salen a la luz las luchas de género, ya que hace un tiempo hubiera sido del todo inconcebible, en una cultura dominada del todo por el hombre. Y así nos fue.

En el texto, se va esbozando de manera clara, todo un paisaje en el que podemos apreciar la evolución del mundo académico y científico, respecto a los estudios de género y los llamados “feminismos negros”. Estos, entre otras cosas, se articulan entorno a una cierta crítica a la voluntad homogeneizadora del feminismo occidental, considerado como universalmente exportable. Las principales voces en este sentido, son seguramente las de Amina Mama, Ife Amadiume muy especialmente, y sobretodo Oyeronke Oyewumi. Las dos últimas, son nigerianas y sociólogas. La primera pone de manifiesto la flexibilidad de la categoría “género” en África, es decir la posibilidad de que una mujer adopte el rol de un hombre o a la inversa (1987). Oyeronke, se ha interesado más en destacar que las diferencias de géneros no afectan a todas las sociedades por igual. Para ejemplificar esa hipótesis, usa el ejemplo de las sociedades Yoruba pre-coloniales, donde se daba más importancia a los principios de edad y generación antes que a los de género.

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